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SAN VALENTIN, DEL AMOR ROMANTICO AL AMOR PROPIO

Desde que Platón nos sentenció a buscar a nuestra media naranja, los cuentos, a esperar a ser salvad@s, las canciones, a llorar por los rincones y a no poder respirar sin el otro, y la publicidad, a descubrir todo lo que nos falta para poder ser amad@s y desead@s … algunas de nuestras relaciones caminan dando tumbos entre expectativas, frustraciones y un sentimiento profundo de soledad.

Una amiga me preguntó una vez por qué las películas acababan con el primer beso, cuando es precisamente ahí donde empieza a enmarañarse la madeja. Y es cierto que, aunque al principio podamos esconder, hasta con cierto arte, nuestras manías y sombras bajo una alfombra de besos, sexo y escapadas de fin de semana… tarde o temprano, el polvo, y no el que nos gusta, sale a luz.
Empiezan aquí los reproches, los “no me escuchas como antes”, “ya no me quieres”, “has cambiado”, “no me entiendes”, “me siento sol@, o “cada vez te pareces más a tu madre/padre”.

Estos días en los que las cabinas hierven entre masajes, faciales y depilaciones, son muchas las historias que oígo de amores y desamores, tópicos en los que parece que caemos una y otra vez.

Irónicamente, y casi parece de chiste, denominan Valentín al santo encargado de nuestros affaires románticos; que digo yo, que hay que tenerlos bien puestos y ser realmente un@ “valentón@”, y en mayúsculas, para adentrarse en semejantes berenjenales emocionales si uno no toma algo de perspectiva y visión.

REPETICIÓN DE PATRONES EN LAS RELACIONES

Como un disco que solo conoce una canción, escucho repetir la misma telenovela con distintos nombres y personajes, pero con el mismo guión: “El otro siempre es el que tiene mal carácter”, o “es el desordenado”, “otro que se me ha acomodado” … como si de todo el variopinto abanico de probabilidades eligiéramos el mismo perfil.

Si lo común en lo diferente, somos siempre nosotr@s mismos, no sería posible plantearnos que esas partes de nosotros que no nos gustan demasiado, y que nos cuesta tanto aceptar, las proyectamos repetidamente en nuestras parejas, por admitir un rasgo que valoramos inapropiado de nuestro propio carácter.

Conozco, por ejemplo, el caso de una mujer que afirmaba que sus ex tenían mal humor, mientras que ella se tenía por una dulce corderita. Con el tiempo, y un profesional, descubrió que ella era la loba con piel de cordero: manipulaba inconscientemente situaciones con dulces palabras y buenos gestos, para que sus parejas expresaran la rabia que ella llevaba dentro; provocaba discusiones, pero no quería responsabilizarse de sus emociones de enfado, ni quería perder la autoimagen de “buena persona, calmada, que nunca perdía los papeles”.

Quizás ahora, para muchos, no sea tan “buena”, pero desde luego es mucho más real y honesta.

LAS RELACIONES COMO ESPEJOS

Hace unos días, y con el tema de San Valentín en el aire, me enviaron una imagen de Whatsapp con el siguiente texto:

“Nos hemos convertido en los maridos que siempre quisimos tener”.

Me reí un buen rato e incluso lo compartí, con mis amigas que asintieron entre risas con un 👍.

De una manera u otra parece que buscáramos inconscientemente en el otro características que tenemos que desarrollar nosotr@s mism@s, o quizás, las hemos aprendido porque no nos quedaba otra, o como diría mi abuela “a la fuerza ahorcan”. Así, con parejas vagas, hemos descubierto nuestro espíritu de lucha, con parejas muy caseras, nuestra ansia de conocer mundo, con parejas duras, nuestra necesidad de recibir y dar ternura …. 

LAS DIFERENTES ZONAS DE CONFORT

“Ahí estaba yo llorando en el sofá y él se marchó a hacer deporte” me dijo todavía acongojada una clienta.

Según el terapeuta gestalt y astrólogo Pablo Flores, en su libro “Sanando las relaciones de pareja”, ante una misma situación emocional puede producirse un conflicto a la hora de darle una respuesta porque, sin darnos cuenta, pensamos que los demás sienten o deberían sentir como nosotros. Dicho autor recoge además, cuatro maneras básicas de gestionar la incomodidad que nos produce la emoción y cómo buscamos, de manera inconsciente, la seguridad:

  • 1) Modo drama queen, ahogándonos en nuestro propio sentir, desconectándonos de la cabeza y dejándonos atrapar por la emoción. “Me metí en la cama y solo quería desaparecer“.
  • 2) Modo vamos a hablarlo, si lo entendemos, clasificamos y analizamos el dolor dolerá menos. “Sí, estoy mal, es el duelo, sé que hay que pasarlo y ya está”.
  • 3) Modo mejor no siento y me ocupo en hacer algo más provechoso y rentable para escaparme de la emoción. “Discutíamos y discutíamos, así que me encerré en la habitación, saqué mi ordenador y me puse a ordenar facturas”
  • 4) Modo no soporto la tensión de sentirme vulnerable, así que la voy a soltar corriendo, gritando o desfogándome. “¡Vale ya!, ¡Me ahogas!, necesito salir, me voy a la calle con los colegas a respirar”
Pablo Flores nos enseña que las relaciones de pareja que mantenemos, nuestras experiencias con los demás y el tipo de personas que nos atraen no son un accidente de la vida ni puro azar del destino.

Es increíble porque, aunque llevemos 20 años juntos, todavía pretendemos que esta funcione como nosotr@s e interpretamos sus impulsos como una falta de interés o empatía, y no como una huída diferente ante su propia vulnerabilidad.

DEJAR DE ETIQUETAR Y PERMITIRNOS EL CAMBIO

“No estamos distantes, sino distintos” Acción Poética.

Otro tema que me choca es que todavía nos sorprendamos con que hayamos cambiado a lo largo de los años que hemos pasado juntos, como si fuéramos seres estáticos. Decía Gabriel García Márquez que “los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.

Tenemos la costumbre de etiquetar a nuestras relaciones de una manera determinada, y esa descripción acaba convirtiéndose en una pequeña cárcel en las que “los” y “nos” atrapamos.

Conocí en un curso un juego que lo ilustraba muy bien: se coloca a cinco personas gorras en las que van incluidas etiquetas al azar con un término “vag@“, “amable”, “conquistador@“… Los jugadores ven las etiquetas del resto, pero no pueden ver la suya. Una persona externa propone un tema para debatir, y en unos minutos cada jugador se comporta exactamente como dictaba su etiqueta, aún sin saber lo que había en ella escrita; solo reaccionaba a los comentarios y expectativas del resto de jugadores. 

LA IMPLICACIÓN EN LA RELACIÓN

No me gustaría finalizar esta reflexión sin mencionar la frase que quizás me rechina más en el oído, sobre todo viene de mujeres:

“Lo di todo por él, lo hice todo, era yo la que se ocupaba de mantener vivo lo nuestro… si no llega a ser por mí…”.

Este era uno de los temas que la autora Marta Salvat recogía en su “Tú eres yo” donde explicaba que en una relación, lo sano es que cada uno aporte el 50%.

Todo lo que uno dé de más, será tomado como deuda o sacrificio y esperará ser retribuido o recompensado en algún momento, aunque no lo diga. Y no acaba aquí el problema, sino que este comportamiento de sacrificio evita que el otro asuma responsabilidades y crezca.

Tanto buenismo de personas tan entregadas suele tener una cara “B” que pasa por una triste y rabiosa frustración, porque las cuentas nunca le acaban saliendo. Ese sobre esfuerzo, aparentemente incondicional, suele tener un lado oscuro: un fuerte sentimiento de no merecimiento, necesidad de control, miedo a la pérdida…

La regla es clara: “si es amor, el dar llena. Si te vacia, es otra cosa”.
Marta Salvat nos inspira a reconocer cómo el exterior nos habla a nosotros y de nosotros, disolver nuestros miedos y liberarnos de la culpa.

CONCLUSIÓN

Es triste que no estemos educad@s en relaciones más honestas y sinceras, que repitamos los mismos discursos una y otra vez, que sigamos sufriendo por lo que denominamos amor, cuando realmente, como en el chiste que contaba Wayne Dyer, perdemos las llaves en nuestra casa y salimos a buscarlas a la calle, bajo una farola, solo porque ahí hay más luz.

Creo que si volviésemos la mirada, más a menudo hacia nosotr@s, hacia nuestra casa, no solo encontraríamos las llaves donde realmente están, sino que nos daríamos cuenta de que el amor es un movimiento hacia dentro, que crece y se desborda y es ahí, en ese rebosar, cuando podemos darlo y compartirlo. 

… y entonces entenderemos que nunca más nos sentiremos sol@s porque nos habremos enamorado de la persona con la que estamos,…. cuando estamos a solas.

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